Aaron Cainamari

Comunidad "Centro Arenal", Punchana, Maynas, Loreto, 15 de noviembre de 1995.

Es egresado de la especialidad de pintura, por la Escuela Superior de Bellas Artes "Víctor Morey Peña" de Iquitos.

EL SUSURRO DE LAS COLLPAS

Primera exposición invidual del artista en Lima

«Si te pones a escuchar todo lo que suena en la selva ¿qué escuchas? (…) más que nada suenan los pasos de los animales que uno ha sido antes de humano, los pasos de las piedras y los vegetales y las cosas que cada humano ha sido. Y también lo que uno ha escuchado» César Calvo

Ni totalmente bosquesino o fluvial, lo que suena en El susurro de las collpas, toma ingredientes del entorno selvático, animales, plantas y personas cohabitando, unidos en sinfonía amazónica. De ahí el susurro, ruido generado por lo que funciona bien –maquinaria corporal feliz-, sonido espléndido, haciendo olvidar su barullo. Esto adquiere sentido propio en la obra de Aaron Cainamari –nacido en la comunidad huitoto murui “Centro Arenal”, Loreto, 1995-, quien nos pone ante una visión, cuya novedad consiste en registrar aquello que surge del cuerpo –sin órganos- de la tierra, en el mecanismo acuático y terreno de las collpas: maquinarias de tierra que animan el llano amazónico.

 

 

 

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Hubo un tiempo en que las máquinas sólo eran artificios –invenciones ingeniosas, como las del teatro o la guerra-, para manipular la acción de alguna fuerza, energía o flujo, con el fin de transformarla o conseguir un efecto; las máquinas no siempre estuvieron asociadas al ruido metálico del progreso, bajo del cual el cuerpo es sustituido por la máquina-robot. A contrasentido, las collpas de Cainamari son maquinarias que transforman el territorio en societureza (sociedad+naturaleza); el susurro significante que viene de ellas –motor cuya buena salud se refleja en el sonido armónico de las cosas- signo del diálogo complejo, entre tierra y agua, cuyo significad es afirmar la vida.

 

No es casual que estas creaciones evoquen características de las collpas, recodificadas por colores que el artífice usa en el diseño estructural del espacio, cuyos pigmentos recuerdan a veces, los estratos de tierra donde se concentran minerales y compuestos arcillosos, lo que para los animales habituales en una collpa –como se dice en quechua, cuando se refieren al lugar ubicado entre la orilla y el barranco de los ríos-, resulta un banquete de “tierra salada”, donde los animales vienen a lamer y algunas aves literalmente a comer.

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Como causa eficiens, el artista ensaya su gimnasia temprana, para reunir las otras causas que transformen el susurro, en un maquinismo terreno y fluvial: ¿Qué sería de una mirada incapaz de escuchar las collpas que la rodean? ¿Y el susurro? Ese ruido sordo, apenas inteligible, que producimos al aminorar el río de nuestra voz, o al interactuar con elementos de agua, tierra y el viento que corre entre los árboles: ¿Cuál es el régimen de este escuchar-mirando?  Para responder, antes debemos ver lo que hacen las collpas, cuando desterritorializan la ciudad y la vida urbana: lenguaje agramatical. Mientras su contraprograma, operativiza la reterritorialización de los cuerpos. Donde el susurro de las collpas, es el de una máquina que teme y celebra con cierto optimismo, la ambivalencia del inicio de la vida urbana en la selva.